
Cuando salgo a pasear, o estoy tomando un café solitario en la ciudad, donde no conoces a nadie, tengo la costumbre, no sé si buena o mala, de analizar la gente que se cruza conmigo, en la acera, unos que pasean como yo por un parque, sacan al perro o está sentada en un velador del bar. Otras veces observo la gente que está en su trabajo, que reparte, está en un comercio… y me monto un cuento, una película de cada uno de ellos, me intereso ¿Qué pueden estar pensando, que problemas tendrá, cuáles serán sus inquietudes, sus aficiones…? Me gusta hacer esas elucubraciones, que al final no sirven para nada porque no puedes corroborarlas, es como el juego del ahorcado pero, con la diferencia, que no sabes, casi nunca, la solución.
A cada persona, pareja, grupo le asigno unos papeles No sé si acertaré alguna vez, pero me entusiasma poder hacer de cada hombre o mujer que me cruzo una historia inventada, una situación, una trama. Ayer mismo, fui al cajero a sacar un poco de dinero para estos días, había mucha gente esperando, era viernes, puede que muchos tengan puente y estaban aprovisionándose de pasta para estas fiestas, poniendo al día la cartilla, etc. Una pareja, tal vez matrimonio, estaba en esos momentos con la tarjeta, dándole un repaso a la pantalla. Él mantenía un brazo por el hombro de ella, mientras ella tecleaba el panel, exultante, altanera. Seguro que tienen preparados sus regalos de Papa Noel, pensé, que tienen comprado todo el menú de Nochebuena; habrán quedado con la familia, sus hijos, los abuelos en pasar la noche juntos, en compartir mantel y viandas, acercarse a la misa del gallo…
Salgo a la calle y veo a un señor pidiendo en la esquina; está sentado sobre un taburete con asiento de rafia, lleva una gorra con orejeras para aliviarse del frío, saluda a todo el mundo con respeto, su “¡hola señor!” le delata, su acento parece rumano. En la cestita solo tiene varias monedas de veinte, diez céntimos… me pregunto ¿Qué planes tendrá para pasar estas fiestas y cómo será la cotidianeidad de sus días? Supongo que lo estará pasando mal, que vivirá en algún lugar improvisado, que recibirá ayuda de algunas instituciones como Cáritas, Cruz Rojas… algunos alimentos propios de estas fechas.
Me envuelvo en mis pasos, dando un paseo por el barrio. Cuatro amigos, jóvenes ellos, cargan un todoterreno con bicicletas, mochilas, cestas… me los imagino en plena sierra en una especie de albergue o casa rural, amaneciendo bajo la bruma serrana, recorriendo senderos imposibles, admirando la naturaleza, disfrutando de paisajes y sentados durante la madrugada al calor de las brasas de una chimenea. Son parejas improvisadas o tal vez les gusta ese tipo de libertad, esas vivencias nuevas, de nuevos retos, nuevas relaciones… en todos los sentidos.
Voy a comprar el pan, pido la vez: ¿El último o la última? y me responde una señora muy mayor, encorvada, me parece octogenaria. Pide una pieza de pan pequeña, un bollo, por lo que deduzco que vivirá sola, me apena verla, arrastrando los pies, alejarse por la calle. Elucubro que seguramente asumirá su soledad de manera resignada, que tal vez sus hijos vivan fuera, en otras regiones y que ansía la llegada de estas fiestas, no por el sentido religioso o de recogimiento, sino porque son las únicas fechas en las que vuelven los que tanto quiere.
Seguramente me habré equivocado en todas estas historias, seguramente las que creo que están colmadas de bienestar no lo estarán tanto y las que he montado sobre la infelicidad, que lo pueden estar pasando mal, tampoco habré acertado. Pero a semejanza de estos ejemplos y de otros, se desarrolla la vida en estas fiestas que están determinadas por tiempos de frío y nieve, derroche de vino y turrón, de lágrimas y recuerdos, de reencuentros y nostalgias. Cada cuento puede conducirnos a un mundo de sentimientos, cada uno tenemos nuestra propia historia, que guardamos dentro.