“MAESTRO” es, quizás, una de las palabras más hermosas que alguien puede escuchar cuando se refieren a él: ¡Adiós maestro!, ¡Fue mi maestro! ¡Qué buen maestro!…Son expresiones que llevan implícito  reconocimiento, nostalgia y en muchos de los casos se denota cariño por parte de  quien las dice y de agradecimiento, orgullo… en aquel que las recibe y  escucha. Recuerden que la palabra maestro  es la que más se repite en el Nuevo Testamento, cuando se refiere a Jesucristo,  tanto por todos sus apóstoles como por la gente que  le conocía  y escuchaba sus sermones. Incluso Alejandro Magno exclamaría: “Estoy en deuda con mi padre por vivir y con mi maestro por vivir bien”

            Sin embargo en Jerez de la Frontera, parece que no es bien recibida la expresión maestro, aunque es una manera de tomarse con sorna las cosas. Unos dicen que les fastidia que se les diga el apelativo “Maestro”, porque ese fue  el nombre del primer toro que se lidió en la plaza de la ciudad, aunque estudiosos del tema se inclinan más por la expresión que solían decir los aprendices para referirse a su “maestro tonelero” que solía llevar unos cuernos en las manos para enfriar el tonel y darle la forma cuando los jóvenes estaban en el proceso de doblar las duelas con el fuego y los aros. Estos solían decir: “Ya viene el maestro con los cuernos”; de ahí,  a sacar un chiste en Cádiz o en Jerez, se tardan dos minutos.

            Ser maestro lleva implícito una serie de requisitos que nada tienen que ver con la preparación académica (que también es muy necesaria) sino que hay otros valores que pueden y deben tener mayor ponderación (a nuestro juicio) como son la actitud psicológica, la vocación,  y el arte de la motivación, tres pilares en los que se debe fundamentar la didáctica y que,  por ende,  conllevará a la mejora pedagógica en el proceso enseñanza-aprendizaje. Muchos países, no es el caso de España, suelen ir derivando a los mejores estudiantes hacia los estudios universitarios de docente. Una vez concluidos los estudios, deberán pasar por pruebas psicológicas y luego demostrar su aptitud y actitud ante el alumnado durante varios años para que los Centros (Equipos Directivos, administración, Asociaciones de Padres y los resultados obtenidos con los alumnos) den su visto bueno y así consiga una plaza definitiva como enseñante.

          Porque cualquiera puede ser instructor, cualquiera puede dar a conocer a otros sus conocimientos, pero lo importante es saber motivar, tener coherencia con lo que se enseña (el qué, el cómo y el cuándo) del proceso educativo. Y para ello hay que impregnar de pasión lo que se hace, endulzar las palabras, contagiar ilusión… es la única manera de trasmitir saberes y valores de forma conjunta.

De nada nos valdrá imponer conocimientos al alumnado o dictar la obligatoriedad de leer, pues en cuanto el discente tenga la ocasión olvidará lo aprendido y abandonará la lectura. Distinto es crearles expectativas, hacerles investigar y descubrir saberes que le lleven a formarse, inculcar al alumno el  gusto por la lectura, por conocer,  por saber…No olvidemos, como diría Brad Henry que: “Un buen maestro puede crear esperanza, encender la imaginación e inspirar amor por el aprendizaje”.

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