
Hoy, cuando salía al portal, un vecino espetó: “buenos días” y me sorprendió, no estoy acostumbrado, los veo ausentes, como si no hablasen mi idioma. Ya no se escuchan diálogos: “mi vecino me dijo, mi vecino puso, mi vecino es…” y es que un vecino siempre ha sido como alguien de la familia, aquel o aquella que comparte paredes con nosotros, saludos mañaneros, ruidos de fiestas, alfileres de ropas…incluso cuestiones en las que tiene que intervenir el seguro por una mancha de agua, rotura de habitáculos de usos comunes…
Dice un refrán antiguo, “Más vale un vecino cercano que un pariente lejano”. Un vecino es muchas de la veces como un familiar, al menos así era antes, en los que te apoyabas para los casos de urgencia: Vecina ¿Tendrías un poco de sal, una cebolla, te podrías quedar con el perro, sería mucha molestia que me regaras las macetas esta semana…? Además del apoyo moral, compartir inquietudes, consolar penas…
Hace ya unas cuantas décadas, en los barrios andaluces, existían los “Corrales” o casas de vecinos, en los que podían convivir diez, quince familias. Cada una de estas tenía su cuarto y alcoba; más un patio, una cocina y unos aseos o corral que se compartían. Era otra forma de vida; el corral funcionaba como una gran familia, donde había días que uno hacía una olla de garbanzos y comían todos; otros en los que un vecino traía un par de conejos y con cuatro puñados de arroz se echaba el día. La vida era aquel gran patio inundado de macetas y una gran parra, su pozo central, cuatro sillas raídas y canciones en una radio de fondo,… era el gran hall donde se cantaba, se cosía escuchando la novela de la tarde; donde jugaban los niños, fumaban los hombres y sesteaban los viejos. Pero además era el lugar de confidencias, una psicoterapia abierta, de consejos e intríngulis personales, de chismorreos y noticias, en un intento de salir de la miseria, de alegrar la vida en una etapa tan nefasta y de tanta necesidad, que hubo que inventarse la risoterapia para no sucumbir ante el infortunio.
Hoy todo ha cambiado, la conciliación familiar, el trabajo de ambos cónyuges, el pisito, el hermetismo reinante, las puertas cerradas, acabó con la vida de vecindad. Veinte años hace que comparto rellano de vivienda con 5 vecinos más y puedo contar con los dedos de una mano, las veces que nos hemos saludado: Un hola compartiendo ascensor, unas buenas noches al tirar la basura (todo con boca pequeña); a lo sumo un gesto por un problema común del bloque y poco más. En reuniones de comunidad de vecinos la asistencia es ridícula: las deficiencias de la limpiadora, la pintura del edificio o la subida de la cuota mensual; la peli podría titularse “Extraños en un bloque”.
Es más, hoy la insolidaridad se ha adueñado de los vecindarios, cada vez que se oye un grito en la escalera, la gente se aísla, no quiere saber nada…a lo sumo ojea desde su mirilla como un espía ruso. Hoy ponerse de acuerdo para colocar un ascensor, porque los vecinos han ido envejeciendo y se hace necesario, es una odisea. Hoy el egoísmo es generalizado, cada cual va a lo suyo y un bloque de vecinos es una colmena en la que solo se oye el zumbido de las televisiones de cada planta y donde las obreras y obreros vuelven cada noche al panal a dormir y poco más.
Qué recuerdos del pueblo, eran una gozada las noches de verano, las hamacas en las puertas, recuentos del día y ponerte una rebequita mientras compartías las pipas de melón que había tostado la vecina. Y al final: “¡Buenas noches!”